viernes, 18 de abril de 2014

Gabo, un familiar cercano // Gabo, um parente próximo

[Versão em português embaixo]

Yo no recuerdo cuando fue la primera vez que oí el nombre de García Márquez. Desde que nací lo he escuchado, como si fuera un familiar cercano, y así lo siento hasta ahora. Cuando supe sobre su muerte sentí un peso en el pecho, sabiendo que se iba uno de los colombianos más grandes que ha dado esas tierras. No voy a decir que es mi escritor favorito, porque no soy de favoritismos. Pero, puedo decir en voz alta, que es un señor al que le he aprendido mucho y al que admiro enormemente, no solamente como escritor, sino como ser caribe. 


Armando Pavajeau, Álvaro Cepeda, Roberto Pavajeau, Gabo, Hernando Molina y Rafael Escalona. Eran los albores del Festival Vallenato. Foto: Fundación la Cueva 


Cuando escuché sobre el Grupo de Barranquilla, yo estaba en primer semestre de la Universidad, en el 2005. Mi profesor de Historia del Arte organizó junto a otros colegas un evento homenajeando a Ramón Vinyes, un escritor Catalán que fue parte del grupo y que inspiró el personaje ‘El sabio Catalán’ en Cien Años de Soledad. No fue un evento transcendental en mi vida, pero sí me dejó cierta inquietud con lo que había pasado con Gabo y los demás en la ciudad donde yo comenzaba a vivir. 

Cuando tenía mas o menos 19 años conocí Caza de Poesía, un bar del artista Aníbal Tobón, y un lugar con el que me identifiqué mucho, aunque para algunos suene comentario de una pseudointelectual. Yo iba porque me gustaba la decoración, la casa, su espíritu, y porque la cerveza era barata. Además, Yadira, la esposa de Aníbal vendía unos cocteles sin alcohol que nos encantaban para comenzar la noche y que nunca supimos de que estaban hechos. Adoraba el patio de Caza, el humor de Aníbal y los dos carretes que habían en la sala con función de mesa. Ese era el plan de los fines de semana después de los eventos cultures con entrada gratis a los que iba con algunos de mis amigos. Para mí, ese lugar tenía que ser algo parecido a La Cueva del Grupo de Barranquilla, y en su tiempo soñaba con que alguna día las personas que lo frecuentamos ganáramos cierta fama y respeto. 

La primera vez que fui a La Cueva, ya no vivía en Barranquilla. Fue en el año 2012, que necesitaba estar allá unas semanas y como no tenía dinero, trabajé en el staff del Carnaval de las Artes, uno de los eventos más importantes de la ciudad, que es organizado por la Fundación La Cueva. Me decepcioné un poco al ver que no era nada parecido con lo que había leído en 'Vivir sin fórmulas', el libro de la barranquillera Claudine Bancelin donde narra la vida del escritor Álvaro Cepeda Samudio, uno de los amigos cercanos de Gabo y que pertenecía al Grupo de Barranquilla. Sin embargo, saber que el lugar estaba ahí, de alguna manera vivo, me conmovió y me mostró una parte de la Barranquilla que me hipnotiza. 

Recuerdo que en el colegio me tocó leer Crónica de una muerta anunciada. Una novela que en ese momento no me impactó mucho, seguramente por mi ignorancia. Muchos años después, sentadas en el terraza de la casa de una de mis tías en Santa Marta, otra tía me contó la historia que ella se sabía del cuento sobre Santiago Nasar y Angela Vicario, con otros nombres que no recuerdo, y fue realmente emocionante. Ese día volví a leer la novela y entendí un poco porque García Márquez es tan reconocido a nivel mundial. Cuando uno empieza sus libros no es tan fácil dejar de leer. Mi familia de parte de mi mamá es de Majagual (Sucre), un pueblito de La Mojana que queda cerca de Sucre (Sucre), donde vivió Gabo cuando era adolescente y el cual le inspiró varias de sus historias. 

La fama de García Marquez para mi es normal. Quiero decir, nací después de haberse ganado el Nobel, entonces, es algo con lo que he vivido toda mi vida. Sin embargo, aunque es normal, me resulta asombroso cuando veo en la casa de mis amigos brasileros algunos de sus libros. Definitivamente no es lo mismo saber la teoría, que vivir la práctica. El homenaje que le hicieron en el noticiero hoy, la vez que escuché su nombre en un película brasilera, saber que mis profesores de diseño lo han leído, etc., me hace sentir muy orgullosa, indiscutiblemente. Hace unos años, cuando estaba loca por aprender inglés, conocí por internet a un tipo de Nepal que le encantaban sus obras y que algún día le gustaría ir a Colombia a conocer Macondo. Es sorprendente. 

Gabo nos salva a los colombianos de ser vistos sólo como narcotraficantes, es un tipo genial, del que deberíamos aprender tantas cosas. Me gusta la manera mamagallista con la que llevó su vida y al mismo tiempo su seriedad al hablar de música, política, literatura, cultura, etc., su autenticidad, originalidad, talento inmensurable, su disciplina para escribir. Es un ejemplo de que es posible llegar muy lejos, sin las mismas oportunidades que tienen las personas de la capital (¡Y vaya que lejos!). Y también, es un aviso para los que cuidan de la educación en Colombia, si es que alguien lo hace, de que el próximo Nobel puede estar en el pueblito más chiquito de una región olvidada del país.

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Gabo, um parente próximo

Tradução de: Thiago Bueno

Eu não recordo quando foi a primeira vez que ouvi o nome de García Márquez. Desde que nasci o escutei, como se fosse um parente próximo, e assim sinto até agora. Quando soube da sua morte, senti um peso no peito, sabendo que ia embora um dos maiores colombianos que essas terras conceberam. Não vou dizer que é meu escritor favorito porque não sou de favoritismos. Porém, posso dizer em voz alta, é um senhor com o qual aprendi muito, e a quem admiro enormemente, não só como escritor, mas também como ser caribenho.

Quando ouvi falar do Grupo de Barranquilla, estava no primeiro semestre da universidade, em 2005. Meu professor de História da Arte organizou, juntamente com outros colegas, um evento em homenagem a Ramón Vinyes, um escritor catalão que fez parte do grupo e inspirou o personagem "O sábio Catalão" de Cem Anos de Solidão. Não foi um evento transcendental na minha vida, mas me plantou certa inquietação sobre o que havia se passado com Gabo e os demais na cidade onde eu começava a morar.

Quando tinha mais ou menos 19 anos, conheci o "Caza de Poesía", um bar do artista Aníbal Tobón, e um lugar com o qual me identifiquei muito, embora para alguns pareça comentário de pseudointelectual. Eu ia porque gostava da decoração, da casa, do espírito, e porque a cerveja era barata. Além disso, Yadira, a esposa de Aníbal, vendia uns coquetéis sem álcool que adorávamos, para começar a noite, e nunca descobrimos do que eram feitos. Adorava o pátio do Caza, o humor do Aníbal e os dois carretéis que ficavam na sala fazendo as vezes de mesas. Esse era o programa dos fins de semana, depois dos eventos culturais com entrada franca a que eu ia com amigos. Para mim, esse lugar devia ser parecido com La Cueva, do Grupo de Barranquilla, e naquela época sonhava que algum dia nós, que o frequentávamos, ganharíamos certa fama e respeito.

Da primeira vez que fui ao La Cueva, já não morava em Barranquilla. Foi no ano de 2012, quando precisei passar algumas semanas lá e, como estava sem dinheiro, trabalhei no staff do Carnaval de Las Artes, um dos eventos mais importantes da cidade, organizado pela Fundación La Cueva. Decepcionei-me um pouco ao ver que não era nada parecido com o que eu tinha lido no "Vivir sin fórmulas", livro da baranquillera Claudine Bancelin no qual ela narra a vida do escritor Álvaro Cepeda Samudio, um dos amigos íntimos do Gabo, que pertencia ao Grupo de Barranquilla. No entanto, saber que o lugar estava ali, de alguma maneira vivo, me comoveu e me mostrou uma parte de Barranquilla que me hipnotiza.

Recordo que, no colégio, tive que ler Crônica de uma Morte Anunciada. Um romance que, naquele momento, não me impactou muito, certamente por ignorância minha. Muitos anos depois, sentadas na varanda da casa de uma das minhas tias em Santa Marta, outra tia me contou a história que ela sabia do conto sobre Santiago Nasar e Angela Vicario, com outros nomes, que não lembro, e foi realmente emocionante. Nesse dia, voltei a ler o romance e entendi um pouco porque García Márquez é tão reconhecido a nível mundial. Quando alguém começa a ler seus livros, não é fácil parar. Minha família por parte da minha mãe é de Majagual (Sucre), uma cidadezinha de La Mojana que fica perto de Sucre (Sucre), onde Gabo morou quando era adolescente e que inspirou várias de suas histórias.

A fama de García Márquez, para mim, é normal. Quero dizer, nasci depois de que havia ganho o Nobel, ou seja, é algo com que convivi toda a minha vida. Todavia, embora seja normal, é espantoso quando vejo seus livros na casa dos meus amigos brasileiros. Sem dúvida, não é a mesma coisa saber a teoria e vivenciar a prática. A homenagem que fizeram a ele no noticiário de hoje, o dia em que ouvi seu nome num filme brasileiro, saber que meus professores de design o leram etc. me fazem sentir muito orgulhosa, indiscutivelmente. Há alguns anos, quando estava louca para aprender inglês, conheci, pela internet, um sujeito do Nepal que adorava suas obras, e que gostaria de um dia ir à Colômbia e conhecer Macondo. É surpreeendente.

Gabo poupa a nós colombianos de sermos vistos apenas como traficantes de drogas, é um cara genial, com quem deveríamos aprender tantas coisas. Gosto da maneira mamagallista com que levou a vida e, ao mesmo tempo, da sua seriedade ao falar de música, política, literatura, cultura etc., da sua autenticidade, originalidade, talento imensurável, de sua disciplina para escrever. É um exemplo de que é possível chegar muito longe sem as mesmas oportunidades que têm os habitantes da capital (e como é longe!). E também é um aviso para os que cuidam da educação na Colômbia, se é que alguém cuida, de que o próximo Nobel pode estar na menor cidadezinha de uma região meio esquecida do país.


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1 comentario:

  1. Qué bello relato. Gracias por detenerte a intentar lenguajizar tu experiencia con Gabo. No imaginas lo bien que me siento después de leer una experiencia tan real, tan humana y tan macondiana. Amo a Gabo hasta el cuello. Desde que lo conocí fue inevitable amarlo, adorarlo. Mi viejito querido!

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