jueves, 1 de septiembre de 2011

Parques

Cuando la plata no alcanzaba, la gente quería tomar vino y no había casa que nos aguantara, los parque eran el único lugar que con sus brazos abiertos nos dejaba sentarnos en sus jardines o en sus escalones para tocar guitarra y apreciar la noche desde la intemperie. Como nosotros habían otros más que estaban por ahí y que de vez en cuando se veían atraídos por el sonido de una guitarra noctámbula y entonces, el grupo crecía, sin pensar en que nos íbamos a encontrar otra vez, ni en la calle, ni en la Internet, porque Facebook no existía.

De los parques, especialmente los de Barranquilla, puedo decir que les guardo cierto respeto por dos cosas, primero porque hay que tener cuidado: si no estás en un grupo grande y no conoces el ritmo de la ciudad, puede resultar peligroso, (aunque se peligro en el ambiente es algo emocionante), una vez me atracaron en una de esas andanzas, y segundo porque, pasé noches maravillosas debajo de la luna y con gente que no se encuentra a la vuelta de la esquina, aunque sí en los parques.

Estos lugares son la oficina de mucha gente extraña que vive en la calle, y que le gusta la noche. Aquí en Belo Horizonte, hace dos fines de semana, con guitarra en mano y 10 personas junto a mi, nos fuimos a la Praça da Libertade a conquistar la madrugada con canciones. Al grupo llegaron 3 personajes: el primero era un tipo que traía una caja mágica, para abrir la caja recitó un poema hecho por el mismo con palabras que le pidió a la audiencia, después de un verdadero show, quitó la tapa y mostró lo que había dentro: bombones de chocolate para la venta y que según él, el mismo hacía. El segundo tipo era un metalero, vestía un abrigo negro hasta los pies, tenía el pelo largo, unas ojeras de tres meses y le faltaba un dedo en la mano derecha, le gustaba acompañar las canciones percutiendo la caneca de la basura, particularmente el tipo me cayó bien, la rudeza de su vestimenta no iba con la dulzura de su forma de ser. El tercer tipo era un morador de la calle que insistía en tocar mi guitarra, tenía mas o menos como un año sin bañarse y por lo tanto un olor a sopa rancia consecuente con la situación. Se la presté con cierto recelo, me imaginaba en Once, una pelicula en donde al protagonista le roban la plata que se ganó tocando guitarra en la calle, pero como buena colombiana, desconfié. Al fin tocó una canción que me gustó del grupo brasilero Legião Urbana llamada Tempo perdido, y con esto llegaron otras personas, porque la guitarra antes de ser otra cosa, es social.

Los parques siempre traen historias, la calle siempre trae historias, el hecho de salir de la casa ya es lanzarse a la vida, pero no cualquier vida, La vida.

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