miércoles, 7 de diciembre de 2011
sábado, 26 de noviembre de 2011
Cromosomas y diablitos
Estudiar en un colegio de monjas no es fácil. Tampoco es fácil estudiar en un salón de clases con un profesor al que acusé de discriminador, casi nazi, claro que debo reconocer que gracias a él escuché por primera vez conscientemente a Vivaldi y sus Cuatro estaciones, algo que me acercó de cierta forma al arte. El hijo de mi profesor estudiaba música en la Nacional de Bogotá, y para mí eso era una cosa de otro mundo. Mi profesor de música en el colegio decía que el tipo era bueno, y según mis analisis actuales, puedo decir que lo admiraba. Javier, empezó a trabajar en colegio porque al profesor de música anterior lo habían echado, aún desconozco las razones, y es algo que tampoco me importa.
No recuerdo cómo, pero un día terminé cantando en una banda de chicas que no tenía nombre dirijida por Javier, o lo contrario, tenía tantos nombres que ya no sabíamos cómo nos llamábamos, para mí era Cromosoma X. El grupo estaba conformado por cuatro: Vanessa, en el bajo; Mónica en la guitarra eléctrica, Briana en la bateria, y este pecho en la segunda guitarra y voz. Los instrumentos eran armados por retazos: El bajo y la planta de bajo eran prestados, cada jueves Vanessa llamaba a los bajistas que ella conocía en Monteria y lograba que alguno le prestara el instrumento que necesitaríamos para el viernes en la tarde, en la semana Vanessa practicaba con una guitarra acústica normal. La guitarra y la planta de guitarra eran de Javier, la bateria eran las sobras de una extinta banda de guerra del colegio, una bateria marca Remo que espantaba hasta las cucarachas del salón donde ensayábamos, y mi guitarra electroacústica era el resultado de vender brownies en el recreo y del dinero de un papá generoso.
Tocamos en varias partes, para ser principiantes, hacíamos show, pues una banda de rock en una ciudad pequeña no es muy convencional y menos una banda de chicas, tocamos en dos de las más importantes universidades, salimos en la radio, hasta Clavita nos sacó unas líneas en el periodico El Meridiano, conocimos muchas personas que ahora son músicos profesionales y lo más importante, disfrutamos tanto como pudimos.
La banda tuvo sus conflictos, Mónica se fue de la ciudad, e inténtamos con otras personas, pero nunca funcionó, en uno de los intentos de resucitar a Cromosoma X, nos fuimos a ensayar a un bar del hijo de las señora donde vivió mi tio en la adolescencia, él cual muy amigablemente nos prestó los instrumentos del lugar, aunque poco después de estar en acción se apareció Jose Matera, el cantante de Los de Adentro, y hasta ahí llegó el ensayo, supondrán las razones.
Las monjas nunca nos quisieron del todo, empezando porque todos los viernes les dañábamos la tarde y teníamos un aire 'diabólico' que supongo ellas no soportaban. Con el tiempo la banda pasó a la historia y de vez en cuando Briana y yo hablamos al respecto, ella estudia Ciencias políticas en Buenos Aires, hace unos meses fui a visitarla, de Vanessa y Mónica sé muy poco, de Javier que vive en Bogotá, que grabó un cd y que es un tipo que lucha realmente por sus sueños. Lastimosamente en esos días ni YouTube ni las cámaras digitales estaban masificados, sólo quedan en la memoria la música que invadía mis tardes de colegio en esa época y el tiempo en donde me sentía realmente libre.
No recuerdo cómo, pero un día terminé cantando en una banda de chicas que no tenía nombre dirijida por Javier, o lo contrario, tenía tantos nombres que ya no sabíamos cómo nos llamábamos, para mí era Cromosoma X. El grupo estaba conformado por cuatro: Vanessa, en el bajo; Mónica en la guitarra eléctrica, Briana en la bateria, y este pecho en la segunda guitarra y voz. Los instrumentos eran armados por retazos: El bajo y la planta de bajo eran prestados, cada jueves Vanessa llamaba a los bajistas que ella conocía en Monteria y lograba que alguno le prestara el instrumento que necesitaríamos para el viernes en la tarde, en la semana Vanessa practicaba con una guitarra acústica normal. La guitarra y la planta de guitarra eran de Javier, la bateria eran las sobras de una extinta banda de guerra del colegio, una bateria marca Remo que espantaba hasta las cucarachas del salón donde ensayábamos, y mi guitarra electroacústica era el resultado de vender brownies en el recreo y del dinero de un papá generoso.
Tocamos en varias partes, para ser principiantes, hacíamos show, pues una banda de rock en una ciudad pequeña no es muy convencional y menos una banda de chicas, tocamos en dos de las más importantes universidades, salimos en la radio, hasta Clavita nos sacó unas líneas en el periodico El Meridiano, conocimos muchas personas que ahora son músicos profesionales y lo más importante, disfrutamos tanto como pudimos.
La banda tuvo sus conflictos, Mónica se fue de la ciudad, e inténtamos con otras personas, pero nunca funcionó, en uno de los intentos de resucitar a Cromosoma X, nos fuimos a ensayar a un bar del hijo de las señora donde vivió mi tio en la adolescencia, él cual muy amigablemente nos prestó los instrumentos del lugar, aunque poco después de estar en acción se apareció Jose Matera, el cantante de Los de Adentro, y hasta ahí llegó el ensayo, supondrán las razones.
Las monjas nunca nos quisieron del todo, empezando porque todos los viernes les dañábamos la tarde y teníamos un aire 'diabólico' que supongo ellas no soportaban. Con el tiempo la banda pasó a la historia y de vez en cuando Briana y yo hablamos al respecto, ella estudia Ciencias políticas en Buenos Aires, hace unos meses fui a visitarla, de Vanessa y Mónica sé muy poco, de Javier que vive en Bogotá, que grabó un cd y que es un tipo que lucha realmente por sus sueños. Lastimosamente en esos días ni YouTube ni las cámaras digitales estaban masificados, sólo quedan en la memoria la música que invadía mis tardes de colegio en esa época y el tiempo en donde me sentía realmente libre.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Escaleras
Vivo en el apartamento 405. Todos los días de mi vida subo (y bajo), por lo menos, 3 escaleras. Recién nos mudamos a este lugar me quejaba, no entendía porque al arquitecto del conjunto no se le ocurrió instalar un ascensor.
Ahora es parte de mí, subir al cuarto piso lo encuentro normal. Mis piernas, mis brazos, mi miente y mi cuerpo se han acostumbrado paulatinamente a ello. He calculado el tamaño de los escalones, conozco el lugar estratégico para poner mis manos, sé exactamente donde tengo que pisar para no caerme al dar la vuelta, puedo andar por ellas en sandalias, tenis e incluso tacones.
Subir escaleras con agilidad y sin cansancio ha sido cuestión de tiempo, como todo en este mundo. Hace una semana leía en una famosa revista nacional que los genios no existen, su éxito reside en las horas de práctica que le dedican a lo que hacen.
El tiempo es el gran causante de muchas cosas, agregando que es importante ser constante y disciplinado, ya sea porque nos toca, como es el caso de las escaleras, o porque nos gusta. Con el pasar del tiempo se olvida o se aprende, o puede ser solo lo último, cada cosa que aprendemos se va superponiendo y es eso lo que llamamos olvido. El tiempo es la gran encubadora de cosas buenas y también el gestor de vicios implacables.
Nota publicada en el blog Mil canciones incrustadas en los Huesos el 15 de Julio de 2010.
Ahora es parte de mí, subir al cuarto piso lo encuentro normal. Mis piernas, mis brazos, mi miente y mi cuerpo se han acostumbrado paulatinamente a ello. He calculado el tamaño de los escalones, conozco el lugar estratégico para poner mis manos, sé exactamente donde tengo que pisar para no caerme al dar la vuelta, puedo andar por ellas en sandalias, tenis e incluso tacones.
Subir escaleras con agilidad y sin cansancio ha sido cuestión de tiempo, como todo en este mundo. Hace una semana leía en una famosa revista nacional que los genios no existen, su éxito reside en las horas de práctica que le dedican a lo que hacen.
El tiempo es el gran causante de muchas cosas, agregando que es importante ser constante y disciplinado, ya sea porque nos toca, como es el caso de las escaleras, o porque nos gusta. Con el pasar del tiempo se olvida o se aprende, o puede ser solo lo último, cada cosa que aprendemos se va superponiendo y es eso lo que llamamos olvido. El tiempo es la gran encubadora de cosas buenas y también el gestor de vicios implacables.
Nota publicada en el blog Mil canciones incrustadas en los Huesos el 15 de Julio de 2010.
domingo, 13 de noviembre de 2011
Personas-Chocolate
Este parrafo me le encontré en el computador viejo. Lo escribí hace algún tiempo y me pareció chévere. Ahí se los dejo.
Todos tenemos cosas raras dando vueltas
alrededor de lo que somos. Raras en el sentido de que no son parte de uno
aunque estén ahí. Son como el chocolate que está en la puerta de la nevera y no
es nuestro, aunque el cuerpo se rebose de ganas no debemos tomarlo. Si lo
hacemos vendrán las consecuencias: El dueño nos reclamará, tal vez nos pida que
le compremos uno nuevo, que no lo volvamos a hacer, quizás no meta más chocolates
a la nevera, o los esconda detrás de las verduras. El chocolate no es nada
raro. Hay chocolatinas en todos los supermercados. Lo raro es que esté en mi
nevera, y no pueda (deba) comerlo. En el mundo existen personas-chocolate,
ahora mismo está una tocando la puerta. Quiero abrirle, pero no la dejaré pasar.
Creo que se ha equivocado de apartamento.
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