jueves, 2 de junio de 2011

Lo que se me ocurre mientras escucho música brasilera

La gente en la vida va y viene. Unos nos hacen bien, otros mal. Todo eso es necesario para saber diferenciar y apreciar los buenos momentos, como compartir con los amigos, ver el atardecer, sentir tranquilidad en el alma, tener la felicidad cerca, recibir un abrazo de alguien que quieres. El mal tiene tres ventajas: la primera es que nos hace fuertes, la segunda es que nos hace valorar las cosas buenas y la tercera es que te facilita el reconocimiento de unas próximas situaciones. Paradojicamente, no siempre el bien es bueno, es algo que se puede volver cómodo y podemos llegar a estancarnos. Aunque nadie desee el mal de entrada, la vida con adrenalina es interesante. A veces es bueno pasar por malos momentos, entonces con el pasar de los días se descubre que el mal no es tan malo, aunque duela. El sufrimiento es necesario, aunque se piense pesimista, igual es inexorable.

(Me estoy secando)

viernes, 20 de mayo de 2011

Domingos

Los domingos se me hacen interminables. Tal vez sea porque no tengo mucho que hacer sumado a las ganas de no querer ni moverme de la silla frente al computador. Son una cosa de otro mundo, o algo de este mundo disfrazado de viaje sin destino o de túnel interminable. El tiempo se vuelve un caucho gigante que se estira e intenta enrollarme y atraparme mientras yo hago malabares intentando escapar.
El desayuno se vuelve almuerzo y la cena desaparece,  mi pijama me goza desde que me levanto hasta que pruebo champú en la noche, chateo con los contactos del Messenger que no existen en la semana y mi celular se pierde entre las sábanas.
La música impera, pero no como todas las noches, el vacío de los domingos es tan grande, que ella tiene de donde escarbar, y se mete y se mete por todos los recovecos, tocando el polvo y la mugre del piso, avivando la tarde amarilla que deprime el ánimo, haciéndome cantar y pensar en otras cosas.

Nota publicada en el blog Mil canciones incrustadas en los huesos el 10 de agosto de 2010

sábado, 14 de mayo de 2011

Algo para ser leído a luz de una vela

Es la una de la mañana, la hora en que las heridas son más hondas y la sensibilidad más aguda. Detrás de mi,  y muy claramente, escucho el silencio de alguien que ya no está. De alguien que se fue con un adiós confuso, con un adiós que yo no había querido entender: la mano alzada moviéndose de un lado a otro no me decía nada.
A veces me pongo a pensar y creo que es indefenso, que es tan sensible como yo y que ha sido herido tantas veces como yo, pero lo único que logro con eso es reunir razones para buscarlo, porque en algún momento fui cobarde, me sentí sola y quería compañía, porque todavía sigo pensando en si llamar o no llamar, porque he sentido el rechazo tocándome el hombro, y es horrible.
Ojalá me salieran las palabras cuando está en frente para decirle que me ha hecho daño, que cada vez que lanza un "no" siento algo en el pecho, como una falta de aire, y lo pienso, y me siento tan regalada. Sentir. Sentir. Sentir. ¿Para qué?. No es algo más que un veneno para el corazón. Siento que no siente lo mismo que yo y no se va aunque diga adiós, no se va de esta cabeza que no tiene nada que hacer, no se va aunque mueva muchas veces su mano.

sábado, 30 de abril de 2011

Vacía, pero tierna

Hay palabras vacías. Muchas palabras son vacías. No creo que todo lo que sentimos y pensamos se pueda traducir en palabras. Saramago decía que entre más palabras conociéramos, más precisa podría ser nuestra comunicación. Y sí, indiscutiblemente las palabras son un medio, que si no es totalmente preciso, nos ha ayudado a transferir pensamientos y sentires de generación en generación. Me pongo a pensar que esto que escribo puede que no sea necesariamente lo que estoy pensando.  Pero son las palabras la única forma de hacerlo saber, por lo menos, eso es lo que he escogido. 

Cuando una persona le dice a otra "mi vida" muy seguramente no es su vida, es una frase totalmente hueca, ¿Quién podría decirle "mi vida" a otro? Pocos, pero la expresión se ha popularizado tanto que si vamos a comprar una gaseosa a la esquina muy seguramente nos dirán "mi vida", y si llamamos a un amigo, nos responderá con "mi vida". Incluso, han nacido abreviaturas. Ya no es "mi vida" sino "mivi", algo que podría más apropiado para una frase que no dice nada. Porque de esa manera no estamos haciendo saber al otro que es la vida de uno, sino que lo estamos llamando por algo igual o parecido a lo que sentimos: algo que no es vida. 

Yo, muy personalmente, no suelo tratar a la gente así. Primero porque trato de ser precisa y segundo porque la frase puede causar hastío. Sin embargo, ayer descubrí que me gusta oírlo dependiendo de quién y cómo la diga. Fui a comprar unas cosas en un almacén de adornos y escuché a una de las vendedoras diciéndole a las clientas: "¿En qué te puedo colaborar mi vida?", "¿Sólo eso muñeca?", "Hay de otros colores, corazón" y así, cada vez que decía una frase terminaba con una de estas palabras, y a mi me entraron ganas de seguir escuchándola. Me pareció tan bonita. Amable. Vacía, pero tierna.

martes, 26 de abril de 2011

Nadie sabe por qué nos gusta el helado de chocolate

Nos sentamos en un parque, como a las 7 de la noche, la ausencia de nubes dejaba ver las estrellas, además el silencio no estorbaba y eso me hacía sentir cómoda, no con el lugar, porque dónde estaba sentada era duro y mi raya comenzaba a desaparecer, estaba cómoda porque sentía la tranquilidad rodeándome y la felicidad cerca, si es entendible, no lo sé, sólo sentía que el tiempo se volvía nada, que todo desaparecía, y cómo el mundo se reducía a nosotros dos, a nuestras palabras, a nuestros silencios, a lo que eramos en ese instante que quería que no se acabara. Era la química haciendo su efecto y mi mente buscando razones que nunca existieron. Nadie sabe por qué nos gusta el helado de chocolate, o de vainilla o de ron con pasas, simplemente gusta y ya, los porqués no importan, el helado lo disfrutamos sin pensar de qué está hecho, sin saber si tiene más azucar o más leche, eso no es indispensable, se siente y se sabe, son insignificantes las razones. Igual pasa conmigo. Yo no sé porque me gusta (él) y a veces intento encontrar cosas que se hayan repetido en otros para decir que los prefiero altos, o bajos, o tímidos o extrovertidos, pero es mi parte calculadora la que hace el trabajo ahí, y ahora comprendo, que es mejor dejar a la otra parte hacerlo todo. A veces me enredo no logro distinguir entre una buena conversación y una conexión mágica, pero es porque le doy vueltas en mi cabeza y sé que esto no es cosa de la cabeza, el amor (cualquiera que sea) se siente en el corazón.

viernes, 15 de abril de 2011

Las mujeres somos malas y los hombres preguntones

Cuando tenía 10 años un niñito se me acercó y me preguntó si quería ser su novia, indudablemente le dije que lo iba a pensar y que al día siguiente le daría la respuesta. Estaba totalmente convencida de mi actitud, porque así había visto hacer a otras niñitas de la cuadra. Desde ese momento creí que tenía a la humanidad de rodillas frente a mi y aprendí que con hacer esperar, podemos dominar el mundo,  porque el niño de quien les habló me amó por mucho tiempo y yo nunca le di una respuesta.

Si lo miramos desde el otro lado, es decir, que nosotros somos los que esperamos, podemos concluir que se espera porque creemos que la otra persona, sea quien sea, tiene o debe hacer algo por nosotros, porque hemos dado anteriormente, porque hemos quedado en un acuerdo o porque tenemos en la cabeza que las cosas tienen que ser así y no de otra manera, porque creemos en las reglas o en unas leyes de comportamiento, pero resulta que este mundo es tan ilógico que cuando creemos que el otro se va a portar de una forma, se comporta de otra y es ahí cuando se forma el problema, porque toda la vida estamos esperando: que nos feliciten en nuestro cumpleaños, que nos saluden, que nos llamen a saber por lo menos si amanecimos, la esperanza no se va tan fácil y es una de las peores cosas que nos pueden pasar, a no ser que esperemos que las personas nos hagan esperar, o que esperemos que nos acostumbremos a no esperar. Es más facil cuando no esperamos, ni siquiera la respuesta de un email enviado, ni la devolución de la llamada hecha. La espera mata las sorpresas y los mejores momentos (a veces) son los inesperados.