Hoy sentada por fin en un café en Juiz de Fora, tomándome un macchiato, le contaba a mi amiga brasilera que viví en Barranquilla por seis años. Sentí que tenía tantas cosas que contar que no me iban a caber en la boca. Barranquilla es una ciudad llena de situaciones que me sorprendieron para bien. Los personajes que viven allá no se encuentran en otros lugares: el tipo que vende aguacates en el semáforo de la 75 con 51 y que se viste de saco y corbata bajo un sol que provoca una temperatura de 40 grados centígrados. Anibal Tobón, de la sepultada Caza de Poesía, con su barba, su pinta y las tantas cosas que ha hecho para que actividad cultural barranquillera no sea sólo un recuerdo. El señor que trabaja en el mercado y se parece al Ché Guevara. Marcos, el vendedor de libros de segunda que hace un par de años se suicidó, y otros tantos, sin meter a las personalidades del Carnaval, que ya son otro cuento.
Los lugares en Barranquilla, siempre están contando historias, es como si las personas que estuvieron ahí hubieran dejado rastros en las paredes, unos rastros que no son visibles, pero que se sienten. Ir a Lunabril, por ejemplo, un barcito que queda en la 49 con 74 en el Prado, uno de los barrios más viejos de la ciudad, implica sentarse a tomar cerveza no sólo con las personas con que las que se va, sino también con las que en otro tiempo estuvieron ahí. La casa cuenta una historia, que para cada quien puede resultar diferente, pero que a la final es una historia buena, con energía positiva, que calma, que me hacía olvidar de tantas cosas. Los fines de semana, generalmente, después de ahí me iba para La Troja, que como ya he hablado antes en el blog, es un sitio de salsa muy famoso y popular, considerado como patrimonio de la ciudad y en donde se conservan long play’s muy antiguos y de los cuales, algunas veces, existen pocas copias en el mundo. La troja queda en la esquina de la 74 con 44, abren desde la tarde hasta las tres de la mañana, es un lugar muy iluminado al que va todo aquel que le gusta bailar salsa, no importa si es rico, pobre, bajito, alto, feo, bonito, homosexual, heterosexual, sino sabe bailar, si sabe, no importa. Lo que importa es disfrutar de la noche hasta que el cuerpo aguante.
En Barranquilla siento un ambiente de bacanería típica de todo el caribe colombiano, y que describiría como la forma de actuar que tienen las personas en pro de los otros, de querer compartir con respeto la fiesta, el sentirse a gusto. Eso es un bacán, un tipo chévere, legal, que no está pensando hacer mal, sino, por el contrario, en agradar a las personas de una forma relajada, informal, haciéndolas sentir en confianza, sin perder el respeto. Personas así se encuentran en el mercado, en las fiestas, en los parques, yo diría que todo barranquillero lleva un bacán en sus adentros que sale a la luz dependiendo de las circunstancias.
En fin, tantas cosas: sus edificios, sus problemas, los arroyos, su música, la gente, cosas que hay que vivirlas para entenderlas, cosas que me hicieron conocer más al Caribe, ese Caribe colombiano, que como decía David Sanchez Juliao, va logrando una gradación, como la de los colores, desde Córdoba hasta la Guajira, en la forma de hablar de su gente, en su música, en la comida, las cosas que hacen a diario, etc.