(Fragmento)
El cielo estaba cada vez más oscuro y con amenaza de lluvia, era octubre, atardecía más temprano de lo normal, por suerte y gracias a mi madre, llevaba un paraguas en el bolso. El bus se detuvo. Un tipo de pelo liso y largo hasta los hombros, flaco, con barba y un morral desteñido pasó por el torniquete, le entregó el pasaje al conductor y se acomodó de pie al lado mío. Lo miraba por el rabito del ojo imaginando que me decía algo. Me puse nerviosa. Guardé el cuaderno. Los hombres con barba y con aspecto de no haberse bañado hace 3 días me encantan. Pensé: ¿Qué hará en el bus?, ¿De dónde viene?, ¿A dónde va?, sus botas punta de acero me decían que trabaja en una fábrica, o en una empresa constructora, pensaba que podría ser ingeniero o arquitecto, pero me dije: Si fuera arquitecto de una constructora no estaría tomando bus. Los buses son sólo para gente pobre (como yo). Si quiero conseguir a un tipo con plata, en un bus no es buena idea, tal vez en las discotecas de la 84 o en los restaurantes de la 53, pero como no acostumbro a ir a esos lugares, parece que estaré condenada a la vida que llevo a no ser que me deje de pendejadas y haga algo productivo.
El tipo se movía, el maletín le incomodaba. Tenía una camisa blanca manga-larga recogida hasta los codos, sin encajar, y un jean azul desteñido sólo en la parte delantera de los muslos. Tuve la sensación de que se llamaba Zezé y así lo llamé de ahí en adelante. Observaba su reflejo por el vidrio de la ventana, mi corazón palpitaba más rápido, no me atrevía a mirar mucho, si no fuera tan tímida le hubiera dicho que nos tomáramos un capuccino en el Prado, pero Zezé seguramente se bajaría en la calle siguiente y para mí la razón de estar en ese bus acabaría.